Últimas Noticias
El mito de las metas de inflación

El mito de las metas de inflación

¿Para qué sirven en realidad los bancos centrales? Al menos, en nuestros países pareciera que su principal rol sería beneficiar a los sectores de las élites financieras, en desmedro de los sectores populares y de la industria local

Tomás Lukin *

La moda entre los banqueros centrales es comprometerse al cumplimiento de metas de inflación subordinando al combate de los aumentos de precios cualquier otro objetivo. No siempre fue así. La obsesión antiinflacionaria se remonta a los  años ochenta. La alta inflación registrada en aquella época justificó el abandono de los objetivos macroeconómicos de pleno empleo y crecimiento económico.

Los cambios estuvieron acompañados por el rediseño en el mandato y las funciones de los bancos centrales que asumieron entonces como objetivo excluyente a la estabilización de los precios. Como reaseguro para esas transformaciones los bancos centrales se “independizaron” de los gobiernos. El impulso separatista pregonado desde los organismos multilaterales de crédito y los acreedores internacionales está directamente vinculado con las reformas estructurales que se tradujeron en la retirada del Estado de la actividad económica.

Hecha la ley, hecha la trampa
La  idea detrás es simple y atractiva, pero teóricamente falsa y peligrosa. Si la banca central está controlada por el Gobierno, éste puede utilizar la política monetaria para promover el empleo, la competitividad, el crecimiento del crédito o el financiamiento del déficit, sacrificando así la estabilidad de precios, o sea, causando inflación. En cambio, cuando un banco central es independiente, la estabilidad a largo plazo, que arriesgan las políticas populistas de corto plazo, estaría garantizada.

“La fijación de metas inflacionarias dice que siempre que el aumento de los precios supere un nivel que se ha puesto como objetivo, es necesario elevar las tasas de interés”, indica Joseph Stiglitz al referirse a las políticas que penetraron en todos los países de América Latina. “Esta receta poco sofisticada se basa en escasa evidencia empírica y teórica; no hay razón para esperar que, independientemente de la causa de la inflación, la mejor respuesta sea aumentar la tasa de interés. Uno esperaría que la mayoría de los países tuviera el sentido común de no implementar metas inflacionarias; vayan mis condolencias a los desafortunados ciudadanos de los que lo han hecho”, sostiene el economista en un artículo publicado por Project Syndicate en 2008.

Los esquemas fueron consagrados a lo largo de las últimas décadas por Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay. Todos esos países mostraron tasas de inflación moderadas desde que se implementaron regímenes de metas de inflación. Nadie lo niega. El profesor de la Universidad de Columbia explica cómo funciona en realidad esa estrategia de disciplinamiento de precios: “Elevar los tipos de interés puede reducir la demanda agregada, lo que puede aminorar el ritmo de la economía y amortiguar el aumento de los precios de ciertos bienes y servicios. Sin embargo, a menos que se lleve a un nivel intolerable, estas medidas por si solas no pueden reducir la inflación a los niveles que hayan sido puestos como objetivo. Casi con seguridad eso implicaría una marcada desaceleración económica y un alto desempleo. La cura sería peor que la enfermedad”.

Favorecen a las élites financieras
El principal cuestionamiento sobre las metas de inflación no recae sobre su efectividad para controlar precios sino en sus consecuencias. El fallecido economista argentino, Aldo Ferrer, señaló en 2013 que “lo peor que puede hacerse para controlar la inflación es apreciar el tipo de cambio y ofrecer altas tasas de interés para que ingresen capitales de corto plazo como sucede en Brasil. La estrategia ortodoxa de las metas de inflación es fatal para los sectores populares y la industria. En cambio, beneficia a las elites financieras. El gobierno de Brasil tiene objetivos muy parecidos a Argentina en materia de inclusión social, redistribución y soberanía. Pero en materia cambiaria y monetaria son ortodoxos y eso afecta a su crecimiento y a la industria. Ese esquema le otorga estabilidad de precios pero muy malos resultados en materia de desarrollo”.

El rol que ocupan desde los años ochenta la “independencia” y las “metas de inflación” en la configuraciónde los bancos centrales refleja el creciente poder de los mercados financieros sobre el resto de las actividades.

La primacía de las políticas antiinflacionarias frente a otros objetivos posibles de las políticas monetaria, cambiaria y financiera no solo garantizan que los rentistas se apropien de una mayor porción del PIB sino que, fundamentalmente, reduce la capacidad de influencia de los trabajadores en el diseño de la política macroeconómica.

Las transformaciones registradas durante la etapa de globalización financiera no reflejaron una respuesta meramente técnica a las tensiones inflacionarias sino un rebalanceo de poder.

¿Qué rol deben jugar los bancos centrales?
Por eso, a pesar de la asepsia hospitalaria que reviste su diseño, el economista estadounidense Gerald Epstein explica que los bancos centrales constituyen “escenarios de disputa” para los conflictos de clase e intra-clase sobre la distribución del ingreso y el poder sobre la macroeconomía. Desde esa visión la función de la “independencia” es limitar el control y la influencia de los sectores populares sobre la política monetaria, cambiaria y financiera. A su vez, en aquellos casos donde los intereses de la industria y las finanzas no están estrechamente vinculados, la “independencia” sirve para mantener la política monetaria fuera del control del capital industrial en beneficio del capital financiero.

A contramano del recetario tradicional perpetuado por la penetración de las ideas ortodoxas en la formación de profesionales y los medios de comunicación, Epstein señala en “Los bancos centrales como agentes para el desarrollo que “el manual de buenas prácticas va en contra de la historia y la tradición de los bancos centrales de los países que hoy lo promueven. La pregunta no es si los bancos centrales pueden o deben jugar un rol activo en la política de desarrollo, sino qué tipo de política de desarrollo deben impulsar. A lo largo de la historia existió una continua tensión entre el rol desarrollista y el rol de estabilización de los bancos centrales. Sin embargo existe poca evidencia de que la solución a esa tensión sea el abandono total del rol de desarrollo. Antes que resolverlo, la promoción del sector financiero asociada con la liberalización y las políticas neoliberales presentan riesgos todavía más importantes”.

Los desafíos del desarrollo en las economías periféricas requieren dejar atrás esa pauta de administración de los instrumentos de la política económica y desarrollar un esquema de “metas reales” que tengan como objetivo central la equidad, el empleo y el crecimiento económico, sin descuidar otros problemas como la inflación.

La coordinación y dependencia entre las distintas políticas económicas como pilar para sostener un proceso de desarrollo que no esté basado en el ajuste permanente. No se trata de responsabilizar a esas entidades por la generación de empleo, la redistribución del ingreso y la industrialización pero sus herramientas exceden a la conservación de niveles de inflación de un solo dígito. Una ampliación en las obligaciones requiere, a su vez, mecanismos para exigir su cumplimiento y expresar disidencias.

* Tomás Lukin es periodista argentino y trabaja actualmente en el diario Página12.

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*